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Presentando a Useless, Hautis, Anax y Neophage como mejores jugadores de Marzo y Abril.

Atravesaron un largo pasillo salpicado de celdas parecidas a las suyas hasta llegar a una gran sala circular. Las hendiduras que canalizaban la lava a través del suelo confluían ahí, frente a una gran reja metálica que daba acceso al Coliseo. El sonido era ensordecedor, como si miles de almas gritaran de furia y frenesí ante el espectáculo de la sangre.

Cuando traspasaron la puerta, la luz de las hogueras les cegó, acostumbrados como estaban a la penumbra que reinaba en los calabozos. Cuando su visión se aclimató casi les dejó sin habla; frente a ellos se alzaba un espacio inmenso, como si una gruta natural diera cabida a una ciudad entera. La vista no alcanzaba a dilucidar dónde acababa aquella cueva; cuatro grandes pilares de roca daban acceso a los calabozos, pero en el centro se alzaba un anfiteatro circular con gradas repletas de aquellos enormes khäerns que jaleaban los combates como si no hubiera nada más importante en este mundo. En el centro del Coliseo, un río de lava rodeaba un enorme foso metálico de forma circular. Una vez entrabas en aquel círculo no había escapatoria posible salvo luchar por tu vida. 

Nadie pareció reparar en ellos. Borj ejerció de maestro de ceremonias y les explicó brevemente en qué consistía el «blüt». BabyWolf se preguntó para sus adentros qué habría sido de los anteriores compañeros del Tamvaasa, pero no intentó detener sus explicaciones. Tampoco es que entendiera su lengua, de todos modos. 

—Las reglas son, en realidad, bastante sencillas—comentó Borj con expresión divertida—, los khärn no son amigos de las sutilezas. Entramos en el foso, nos partimos la cara con el equipo contrario y, si tenemos suerte, sobrevivimos para probar una nueva comida. 

—¿Para qué son esas palancas? —preguntó Lo-Rei

—Querida, estás a punto de comprobarlo. 

Dos grupos de luchadores entraban en ese momento en el Coliseo, momento celebrado con gran algarabía por los khärns que llenaban las gradas. No había un solo sitio libre en todo el recinto, e incluso varias de aquellas criaturas habían escalado los grandes pilares y aullaban de alegría mientras se sostenían de cuerdas y cadenas. Estaban demasiado lejos para ver a los luchadores con detalle, pero les sorprendió la composición de uno de los equipos; los tres eran guerreros de Tamvaasa. El equipo contrario se componía de un Khärn, un Celea y una guerrera de Shinse. Los dos grupos aguardaban cada uno en un extremo del círculo a la espera de que diera comienzo el combate.  

Un gran cuerno sonó, retumbando en toda la estancia, y los seis luchadores se pusieron en movimiento. El grupo de folkins se mantuvo en guardia, evitando en todo momento el foso metálico circular, por cuyas rendijas se filtraba la luz que emanaba de la lava. El equipo mixto, sin embargo, se dirigió al centro con velocidad. Ese fue el momento que escogió uno de los Tamvaasa para golpear una de aquellas palancas con su hacha, provocando un sonido metálico en el centro del Coliseo. Los gritos de los khärn ganaron en intensidad, pero no pudieron alzarse por encima del estruendo metálico que provocó la plataforma al caer a la lava. Hubiera arrastrado a los guerreros en su caída, pero no era la primera vez que combatían allí. Con un rápido movimiento el Celea saltó hacia delante mientras el Khärn invocaba un Signo elevándose con furia y aterrizando con su maza en el corazón del equipo enemigo. En ese momento la Shinse apareció por detrás como si hubiera surgido de los vapores que emitía la lava, disparando sus kunais envenenados. 

—El khärn se llama Steevious, o algo así. Jes-Ter es el nombre de la shizu. Suelen formar equipo, ya me he enfrentado a ellos antes—y como movido por un acto reflejo, Borj se acarició una profunda cicatriz en el hombro derecho. Todos los que sobrevivían varios combates en el Coliseo las contaban a decenas¬—. No sé quién es el celeani. 

Los tres folkin intentaban aguantar juntos e invocaron la Canción del vilkai, un poderoso Signo que les permitía curarse de sus heridas. En ese momento el misterioso guerrero de Celea les embistió desde el lateral, cargando con su lanza envuelta en llamas. Uno de los Tamvaasa cayó atravesado y profiriendo gritos. Otro recibió un fuerte golpe de la maza de Steevious y el último pidió clemencia al ver los wakat de Jes-Ter a poca distancia de su cuello. Los khärn detuvieron el combate, no demasiado satisfechos. 

—No creo que se la concedan—murmuró Borj inclinando la cabeza hacia Lo-Rei—. Si no ven demasiada sangre te devuelven a la celda pero no vuelves a salir al Coliseo. Quizás ese el motivo por el que los khärn tienen comida suficiente para apostarla en los combates. 

Lo-Rei miró con una mueca de desprecio al Tamvaasa. Incluso BabyWolf parecía haber entendido la broma. Muchos inocentes acababan las cárceles de Khilma, y no eran pocos los que se presentaban como gladiadores en el Coliseo solo con la esperanza de poder rescatarlos. No era un tema sobre el que los luchadores bromearan. 

De vuelta en el foso, algunos esclavos recogían los dos cadáveres al tiempo que un gigantesco khärn entregaba su recompensa a los ganadores sin demasiada ceremonia. Los khärn disfrutaban de la sangre, no de las entregas de premios. El celeani se quitó el casco metálico que le cubría el rostro, dejando ver una tez curtida, aunque de un color pálido para lo que era habitual en un Celea. 

—Anax—dijo BabyWolf, casi con un murmullo con la mirada fija en su compatriota. Su rictus era extremadamente serio. 

—¿Lo conoces? —preguntó Borj, extrañado.  

BabyWolf miró a Borj, asintiendo una única vez con la cabeza. El Tamvaasa estudió en la distancia al celeani, que recogía su saco con la comida que obtenían como premio los ganadores de cada combate. Nadie reparó en la reacción nerviosa de Lo-Rei al escuchar ese nombre. 

Anax era el nombre del celeani al que había venido a matar. 


ΨΨΨ

En el otro extremo del Coliseo, Aura bajaba a la arena seguida de Starox y aquel enorme khärn al que llamaban Ruthless. Por fin les tocaba entrar en combate. Desde uno de los pasillos fueron descendiendo los miembros del equipo rival. Curiosamente, su formación era idéntica; un Khärn al que llamaban Useless – aunque probablemente no a la cara – una Shinse a la que todo el mundo conocía como Neo y un guerrero de los clanes del Mooji, cubierto con una armadura del clan Goodkill. Hautis era su nombre y Aura se lamentó por tener que matar a uno de los suyos. 

El combate dio comienzo rápidamente, y la joven Tamvaasa pronto se dio cuenta de que sus compañeros sabían lo que se hacía. Starox invocó un Signo de invisibilidad y desapareció de la vista, pero Aura pudo intuir su silueta mientras se alejaba en dirección al equipo enemigo. Ruthless, tal y como había supuesto, salió disparado hacia ellos atravesando la plataforma metálica. «Menudo trabajo en equipo»— pensó Aura mientras suspiraba girando las hachas. Le tocaría a ella salvarles el culo desde la retaguardia gracias a los Dones del Norte. 

Su empuje inicial fue rápidamente contrarrestado por la veteranía de Hautis, Neo y Useless. Estaba claro que no era su primer combate como equipo; Aura, Starox y Ruthless estaban pagando cara la decisión de ir cada uno por su lado. Los veteranos cubrían la espalda del compañero y en ningún caso atacaban al mismo tiempo. Su turnaban, lanzando ataques rápidos y volviendo a la formación inicial antes de que su guardia se viera expuesta. Aura y sus compañeros no sabían cómo penetrar aquella defensa. En un momento dado, los tres ejecutaron sus Signos a la vez, como una coreografía. Useless golpeó el suelo del Coliseo con su maza, aturdiéndolos a todos. Hautis rodeó a Starox con una muralla de hielo y Neo impactó a su compatriota con el Camino de Go-Na. Aquella demostración de eficacia fue recibida de buen agrado por el público, que gritó entusiasmado. 

Aura no acaba de entender cómo demonios permanecía con vida; había estado completamente expuesta al ataque de Useless, pero éste se había contentado con golpearle en la cara con el mango de su maza, haciendo rugir de nuevo a la audiencia. Aquel gigantesco khärn contaba con las simpatías del público; era grande y musculoso como todos los de su raza, pero sorprendentemente ágil y astuto. No reaccionaba ante las fintas de la joven y leía los movimientos de Aura con la mirada, buscando el mejor momento para atacar. La joven no había oído hablar de Useless en el Gran Norte pero en Khilma era bastante conocido… y respetado. Había liderado su tribu años atrás, en las primeras incursiones de los khärn al exterior antes del Cataclismo, pero lo que allí vio no pareció interesarle demasiado: prefería la sangre y la lava que se respiraba en el Coliseo, y nunca más volvió a salir al exterior. 

No es que a los khärn que presenciaban aquel combate les importara lo más mínimo…

Una nueva maniobra de aquel gigante hizo impactar su descomunal maza contra el hombro de Ruthless. Hautis preparó un nuevo signo para cubrir la espalda de su compañera, pero Aura fue, en esta ocasión, más rápida. La joven saltó hacia el lado, exponiéndose demasiado al río de lava que rodeaba el foso pero descubriendo un hueco en la defensa de Useless. Una de sus hachas impactó en el antebrazo del gigante, haciendo salir la sangre a raudales. El khärn se giró con la cara demudada en una mueca infernal. Aura quedó paralizaba contemplando como rugía aquella criatura, con el filo de su hacha rezumando aún gotas de la oscura sangre. 

—¿Qué demonios te crees que haces? —dijo Hautis en el idioma del Norte, poniéndose entre ambos, con sus hachas levantadas a modo de guardia—. El público quiere sangre, pero como cabrees a Useless no vas a salir de aquí con vida. 

—¿Con vida? —exclamó Aura, casi indignada—. ¡Esto es un combate a muerte!

Useless miraba a Hautis y a Neo con nerviosismo, sin decidirse todavía a saltar por encima del Tamvaasa para atacar a Aura. Los músculos de su cuello se tensaban con cada respiración y su cara, normalmente de color grisáceo, estaba roja de ira. A la joven casi no le sorprendió que la bóveda de roca comenzara a desprenderse al mismo tiempo que el khärn profería una rugido infernal con la cabeza apuntando al cielo. Grandes trozos de piedra cayeron sobre el Coliseo y las gradas, levantando salpicones de lava. Aquello pareció desconcertar a todo el mundo, y parte de los asistentes intentaron huir entre gritos; otros prefirieron seguir contemplando el combate, ya que Useless, completamente fuera de sí, decidió cargar contra Aura pasando por encima de su compañero de equipo. La folkin voló varios metros debido al golpe de aquel gigantesco ser, aterrizando a pocos palmos del foso abierto en el centro del recinto. No tuvo demasiado tiempo para felicitarse por su suerte, ya que Useless saltó con una fuerza descomunal recorriendo en el aire la distancia que les separaba. Si los reflejos de Aura no le hubieran permitido apartarse a tiempo su cabeza sería una de las tantas manchas de sangre que adornaban el suelo del Coliseo. Aquello no pareció detener a Useless, sin embargo, siguió lanzando golpes con la gran espada de obsidiana que portaba. Aura los esquivó como pudo mientras se preguntaba cómo podía aquel ser manejar con tanta rapidez aquel trozo de roca toscamente tallado. Los khärn que habían permanecido en las gradas corearon el espectáculo pero a que las rocas que caían al recinto eran cada vez más grandes. 

— ¿Qué demonios está pasando? —preguntó Starox. Los otros cuatro guerreros habían dejado de luchar entre sí, asombrados por el derrumbe del techo de la cueva primero, y por el combate entre Aura y Useless después.

—El volcán debe haber entrado en erupción—masculló Neo, apartando su cabellera rubia de los ojos—. Nunca había pasado con tanta fuerza. 

Ruthless, sin mediar palabra, se dirigió de vuelta hacia las mazmorras. Seguramente no quedaría nadie para darles la carne como premio por el combate, así que había perdido el interés por la lucha. Hautis y Neo intentaron separar a Useless de la Tamvaasa con mucho empeño pero poco éxito. Starox decidió echar también una mano. 

— ¿Qué hacemos ahora? —Preguntó el delgado Shinse—. Podríamos aprovechar la confusión para escapar. ¿Conocéis la salida? 

— ¿Escapar? —Rió Hautis, intentando con todas sus fuerzas sujetar a Useless, que todavía se debatía agitando la enorme espada de obsidiana sin perder de vista a Aura—. ¿Por qué demonios querríais hacer eso?

— ¿Es que vosotros no sois prisioneros? —Preguntó Aura mientras se levantaba del suelo, mirando a Hautis con cara de perplejidad y a Useless todavía con bastante miedo, aunque el khärn parecía ahora más calmado mirando con desconfianza el techo de la bóveda. 

—En absoluto. Más bien voluntarios. Créeme, ahí fuera las cosas no están mejor de lo que lo están aquí dentro. 

—Tiene razón—apostilló Neo—, nada con vida queda, ni al Este ni al Oeste de las montañas. 

—¿Y qué hay de nuestro pueblo, en los páramos? —Preguntó Starox con ansiedad—. Miles de Shinse se dirigían hacia el valle del Aren, buscando cruzar las montañas por el Paso del Sur. Se dice que las ruinas de los Zem, nuestros antepasados, permanecen todavía en pie, y que los Gokhan habían fundado una nueva ciudad a los pies de un gran lago. 

Neo negó con la cabeza, mirando a su compatriota que bajó la cabeza, abatido. Si los Shinse habían logrado cruzar las montañas y ponerse a salvo del Cataclismo, ella no lo sabía. Aura, sin embargo, no se daba por vencida. 

—Me da igual. Nada puede ser peor que este ambiente sofocante. Salgamos de aquí y vayamos al Oeste, algo tiene que quedar todavía en pie. 

—Las ruinas de los Zem no deben estar lejos, hacia el Sur. Los Sikhan me dijeron que allí corre todavía agua limpia, y que muchos de los Shinse han encontrado refugio allí. No sé vosotros, pero yo no estoy dispuesto a beber lava y comer carne podrida mientras me juego el pellejo por el resto de mis días. 

Hautis y Neo se miraron. Quizás fuera una opción, y hacía mucho tiempo que no tenían una parecida delante de sus narices. Estaban acostumbrados a los rumores, pero no a la esperanza que mostraban aquellos recién llegados. ¿Dejarían tan fácilmente aquella dura vida como gladiadores al servicio de los khärn o buscarían un nuevo futuro al otro lado de las montañas, en las ruinas de la civilización más antigua de Skara?

Capítulo tres - Ecos de los Zem

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